martes, 22 de diciembre de 2009

Honestidad para con Dios

HONESTIDAD

Marcos 9:

“30Saliendo de allí, iban pasando por Galilea, y El no quería que nadie lo supiera.

31Porque enseñaba a sus discípulos, y les decía: El Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres y le matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará.

32Pero ellos no entendían lo que decía, y tenían miedo de preguntarle.

El mayor en el reino de los cielos

33Y llegaron a Capernaúm; y estando ya en la casa, les preguntaba: ¿Qué discutíais por el camino?

34Pero ellos guardaron silencio, porque en el camino habían discutido entre sí quién de ellos era el mayor.

35Sentándose, llamó a los doce y les dijo*: Si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos.”

En Su Santidad Dios no tolera la mentira. No solo aquella clásica mentira que es fácilmente reconocible de “dile que no estoy” para no tomar una llamada cuando estoy sentada y lo que no quiero es levantarme… Con este pasaje del evangelio de Marcos nos damos cuenta lo insólito que es creer que al Señor de Señores y Rey del Universo le vamos a esconder nuestras verdaderas intenciones.

Estos discípulos venían caminando con El, siendo enseñados de primera mano por Jesús. El les explicaba con detenimiento los acontecimientos que vendrían. No les escatimó nada de la verdad. Nos dice el pasaje que “ellos no entendían y tenían miedo de preguntarle”… dos características comunes y precedentes a cada una de nuestras reincidencias… La razón por la que pecamos tanto es porque NO ENTENDEMOS y NO PREGUNTAMOS…

No entendemos los planes últimos de Dios, no entendemos que nuestras dificultades tengan promesa de propósito eterno, o que sean necesarias para mi formación… no entendemos cómo el perfil bíblico de la mujer sometiéndose a su esposo sea bueno, ni como el liderazgo del hogar en manos de un ser caído vaya a funcionar, no entendemos como es que en medio de las crisis económicas que los hogares atraviesan a los hijos de Dios se les llame a dar mas de los recursos que han recibido para ayudar a aquellos que están peores que nosotros, a dar el diezmo, a no dejar de cumplir con sus obligaciones tributarias…

No solo no entendemos sino que tampoco preguntamos. Vamos en el camino también con Jesús, porque a El oramos diariamente, le damos las gracias por el día, le pedimos que bendiga los alimentos, por la noche que guarde a nuestros hijos y nuestras vidas, pero de todo aquello del párrafo anterior no le preguntamos… claro que le decimos muchas veces POR QUE tal cosa o tal otra… pero no le preguntamos puntualmente a la Biblia, que es Su Palabra revelada, cómo es que funcionan las cosas aquí “de este lado de la gloria” como dicen algunos autores. La razón por la que digo que no le preguntamos es porque Dios se complace en revelarse a los que le buscan; es porque El dejó Su Palabra para ser estudiada, meditada, escudriñada; porque El ha levantado hombres que han dado sus vidas para que hoy podamos entenderla y aplicarla vía el medio que mejor nos parezca: en audio, en video, en libros, en devocionales, por e-mail, en prédicas, en clases, etc… y aún así nos resistimos a ser honestos y decirle en oración: “Señor, yo no entiendo tantas cosas de las que me suceden, ni de las que tu permites. Ayúdame a entenderte para poder vivir sin el peso de la amargura, ira, descontento que llevo precisamente porque no entiendo…”

Mientras no hagamos eso, seremos tan ridículas como esta pareja en este relato. Los conoces… son Adán y Eva… luego de la caída, nos dice Génesis 3: “8Y oyeron al SEÑOR Dios que se paseaba en el huerto al fresco del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia del SEÑOR Dios entre los árboles del huerto. 9Y el SEÑOR Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás?

Creían que un árbol los escondería de Dios… y nosotras pretendemos que el bullicio del día a día nos esconda del peso de la mano de Dios. Sabes bien de que peso hablo. Ese que te dice “hay algo más en tu vida que no has puesto en orden” “hay algo más que debes rendir” “hay alguien mas a quien debes perdonar, a quien debes servir, por quien debes “morir a ti misma””; ese peso lo ha puesto Dios ahí. Lo hace con sus hijos. Dios “ha sembrado eternidad en el corazón del hombre” (Eclesiastés lo dice) y por tanto jamás se satisfacerá hasta que no acudamos a satisfacernos en El.

Mientras tanto, en nuestro andar, ese mismo Dios Eterno nos ve, en todo momento. Conoce nuestros corazones, motivaciones e intenciones verdaderas. Sabe de qué tenemos necesidad y quiere que tengamos vida y vida en abundancia… Hoy te dice “Donde estás?”

¿Te animas a ser honesta con El?

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